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El distrito madrileño de Salamanca, símbolo de la resistencia nacional contra el Gobierno totalitario de Sánchez
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Linuxero Auténtico
2020-05-15 10:55:45 UTC
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http://www.alertadigital.com/2020/05/15/el-distrito-madrileno-de-salamanca-simbolo-de-la-resistencia-contra-el-gobierno-totalitario-de-sanchez/

El distrito madrileño de Salamanca, símbolo de la resistencia nacional
contra el Gobierno totalitario de Sánchez
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CacerolasCreceRevolucion
LR.- Conforme el país se adentra en su tercer mes bajo el estado de
alarma y los fallecidos por la crisis sanitaria –sólo los confirmados
oficialmente– se acercan cada día un poco más a la frontera de los
30.000, lo que sucede en una calle del corazón de Madrid se ha colado
como eje de la refriega política y de los ataques que se entrecruzan
Gobierno y oposición. Lo que para unos no es más que un síntoma del
malestar de la ciudadanía con la gestión de la epidemia ejecutada por la
coalición PSOE-Podemos, para otros es una evidente muestra de
irresponsabilidad, de quebrantamiento de las medidas de excepción
vigentes además de un riesgo para la contención de nuevos contagios.

Nunca antes los dos kilómetros de la calle Núñez de Balboa, que es uno
de los ejes que cruza de norte a sur el distrito –que no barrio– de
Salamanca en la capital, habían acaparado el foco mediático como lo han
hecho en esta última semana. Lo han posibilitado las concentraciones que
cada día, a eso de las nueve de la noche, sacuden el habitual silencio
del vecindario. Entre gritos de «libertad» y exigencias de dimisión al
Gobierno, la cita ha ido sumando cada noche a más personas pertrechadas
de banderas españolas, pancartas en demanda de test masivos, cacerolas
e, incluso, alguna escoba con la que golpear señales de tráfico. El
éxito de la convocatoria ha llevado a la Delegación del Gobierno a
activar –desde ayer mismo– un importante despliegue policial con el
objetivo de que se «mantenga la distancia social» y no se produzcan
«aglomeraciones». Esta respuesta de Moncloa, obligatoriamente medida
entre dos necesidades, la de hacer cumplir la ley y la de no
«sobreactuar», sitúa al Gobierno en un escenario nuevo. Las protestas
–el inevitable temor a su extensión, en una suerte de «15M de las
cacerolas»–, el objetivo de prorrogar un mes más el estado de alarma y
la conjugación de todo ello con la urgencia de contener los contagios
abren un frente que Sánchez no había manejado aún en esta crisis: el del
mantenimiento del orden en las calles.

¿Debe primar el derecho a manifestarse que tienen estos vecinos o las
limitaciones a la movilidad y a la concentración de personas impuestas
por el Gobierno hace más de 60 días? Al responder a esta pregunta se da
la paradoja de que aquellos que minimizaron el impacto que tuvieron las
concentraciones del 8-M en la extensión del virus –con 120.000 personas
sólo en la marcha de Madrid–, ahora sitúan en la cacerolada de algunos
centenares de vecinos el epicentro de un eventual rebrote. Empezando por
el propio Gobierno. «Las manifestaciones en barrios ricos de Madrid no
respetan las limitaciones derivadas del debido distanciamiento social,
pero lo más preocupante no es esto. Lo peor es que siembran la
discordia, justo cuando deberíamos estar más unidos. No aprendemos»,
aseguró ayer el ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes.

Desde Unidas Podemos, su portavoz en el Congreso, Pablo Echenique, avivó
este fuego al asegurar que «por muy ridículas que sean las
“manifestaciones” de la clase alta, golpeando señales de tráfico con
palos de golf y cucharas de plata, la cosa es seria», ya que, a su
juicio, lo que esconden las cacerolas del distrito de Salamanca no es
más que la constatación de que «una minoría privilegiada» busca
«saltarse las normas y ponernos en peligro a todos».

¿Apoya usted las protestas en la calle para pedir la dimisión de Sánchez?

No
Y es que ninguno de los dirigentes de izquierdas que han cargado con
dureza en estos días contra los manifestantes han querido pasar por alto
la oportunidad que les brindaba el hecho de que esta protesta haya
brotado en dos barrios –el de Recoletos y el de Goya– con una media de
rentas altas y con una orientación de voto muy mayoritariamente de
centro derecha. La tentación de estereotipar a estos ciudadanos era
demasiado jugosa como para detenerse a analizar el fondo de sus
protestas. Unos «pijos» para Gabriel Rufián, una «little Venezuela» para
el diputado de Bildu Oskar Matute, unos «cacerologolfistas» para Sol
Sánchez, portavoz de Izquierda Unida en Madrid. Como si las caceroladas
no llevasen sonando puntuales cada noche en muchos distritos de la
capital, desde feudos tradicionales del PP como Retiro y Fuencarral, a
enclaves, como Ciudad Lineal o Tetuán, en los que se impuso Manuela
Carmena hace ahora un año. O como si la concentración de Núñez de Balboa
fuera una solitaria excepción y no se hubieran producido escenas
parecidas en otros puntos del mapa de la ciudad como Pinar de Chamartín,
Aravaca o Chamberí.

Desde el PP y Vox han salido en defensa de estas concentraciones,
siempre que en ellas se respeten las medidas orientadas a contener el
virus. Según la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso,
el Gobierno «está aprovechando la mayor crisis que ha vivido la historia
reciente para imponer un mando único dictatorial» y avanzó nuevas y más
multitudinarias protestas a medida que se vayan levantando las
limitaciones a la movilidad: «Esperen a que la gente salga a la calle
porque lo de Núñez de Balboa les va a parecer una broma». Iván Espinosa
de los Monteros, número tres de Vox, animó ayer a que la gente exprese
en las calles su malestar con la gestión de la epidemia al tiempo que
afeó al Gobierno que envíe a la Policía Nacional con el fin de de
«amedrentar» a los manifestantes: «Si la gente quiere salir a su balcón
o a la calle tranquila y pacíficamente tiene su derecho».

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, reconoció, por su
parte, que «a pesar del desgaste» y de «las ganas de protestar contra el
Gobierno» que existen, en estas concentraciones han de cumplirse
escrupulosamente las medidas de seguridad, ya que, en su opinión, estas
concentraciones pueden llegar a ser «tan irresponsables como cualquier
otro incumplimiento del estado de alarma, ya sean fiestas, botellones,
no cumplir la distancia social o saltarse los horarios». De lo
contrario, «las Fuerzas de Seguridad tendrán que actuar».
Chulapa
2020-05-15 16:41:38 UTC
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contra el Gobierno totalitario de Sánchez
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LR.- Conforme el país se adentra en su tercer mes bajo el estado de
alarma y los fallecidos por la crisis sanitaria –sólo los confirmados
oficialmente– se acercan cada día un poco más a la frontera de los
30.000, lo que sucede en una calle del corazón de Madrid se ha colado
como eje de la refriega política y de los ataques que se entrecruzan
Gobierno y oposición. Lo que para unos no es más que un síntoma del
malestar de la ciudadanía con la gestión de la epidemia ejecutada por la
coalición PSOE-Podemos, para otros es una evidente muestra de
irresponsabilidad, de quebrantamiento de las medidas de excepción
vigentes además de un riesgo para la contención de nuevos contagios.
Nunca antes los dos kilómetros de la calle Núñez de Balboa, que es uno
de los ejes que cruza de norte a sur el distrito –que no barrio– de
Salamanca en la capital, habían acaparado el foco mediático como lo han
hecho en esta última semana. Lo han posibilitado las concentraciones que
cada día, a eso de las nueve de la noche, sacuden el habitual silencio
del vecindario. Entre gritos de «libertad» y exigencias de dimisión al
Gobierno, la cita ha ido sumando cada noche a más personas pertrechadas
de banderas españolas, pancartas en demanda de test masivos, cacerolas
e, incluso, alguna escoba con la que golpear señales de tráfico. El
éxito de la convocatoria ha llevado a la Delegación del Gobierno a
activar –desde ayer mismo– un importante despliegue policial con el
objetivo de que se «mantenga la distancia social» y no se produzcan
«aglomeraciones». Esta respuesta de Moncloa, obligatoriamente medida
entre dos necesidades, la de hacer cumplir la ley y la de no
«sobreactuar», sitúa al Gobierno en un escenario nuevo. Las protestas
–el inevitable temor a su extensión, en una suerte de «15M de las
cacerolas»–, el objetivo de prorrogar un mes más el estado de alarma y
la conjugación de todo ello con la urgencia de contener los contagios
abren un frente que Sánchez no había manejado aún en esta crisis: el del
mantenimiento del orden en las calles.
¿Debe primar el derecho a manifestarse que tienen estos vecinos o las
limitaciones a la movilidad y a la concentración de personas impuestas
por el Gobierno hace más de 60 días? Al responder a esta pregunta se da
la paradoja de que aquellos que minimizaron el impacto que tuvieron las
concentraciones del 8-M en la extensión del virus –con 120.000 personas
sólo en la marcha de Madrid–, ahora sitúan en la cacerolada de algunos
centenares de vecinos el epicentro de un eventual rebrote. Empezando por
el propio Gobierno. «Las manifestaciones en barrios ricos de Madrid no
respetan las limitaciones derivadas del debido distanciamiento social,
pero lo más preocupante no es esto. Lo peor es que siembran la
discordia, justo cuando deberíamos estar más unidos. No aprendemos»,
aseguró ayer el ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes.
Desde Unidas Podemos, su portavoz en el Congreso, Pablo Echenique, avivó
este fuego al asegurar que «por muy ridículas que sean las
“manifestaciones” de la clase alta, golpeando señales de tráfico con
palos de golf y cucharas de plata, la cosa es seria», ya que, a su
juicio, lo que esconden las cacerolas del distrito de Salamanca no es
más que la constatación de que «una minoría privilegiada» busca
«saltarse las normas y ponernos en peligro a todos».
¿Apoya usted las protestas en la calle para pedir la dimisión de Sánchez?
 Sí
 No
Y es que ninguno de los dirigentes de izquierdas que han cargado con
dureza en estos días contra los manifestantes han querido pasar por alto
la oportunidad que les brindaba el hecho de que esta protesta haya
brotado en dos barrios –el de Recoletos y el de Goya– con una media de
rentas altas y con una orientación de voto muy mayoritariamente de
centro derecha. La tentación de estereotipar a estos ciudadanos era
demasiado jugosa como para detenerse a analizar el fondo de sus
protestas. Unos «pijos» para Gabriel Rufián, una «little Venezuela» para
el diputado de Bildu Oskar Matute, unos «cacerologolfistas» para Sol
Sánchez, portavoz de Izquierda Unida en Madrid. Como si las caceroladas
no llevasen sonando puntuales cada noche en muchos distritos de la
capital, desde feudos tradicionales del PP como Retiro y Fuencarral, a
enclaves, como Ciudad Lineal o Tetuán, en los que se impuso Manuela
Carmena hace ahora un año. O como si la concentración de Núñez de Balboa
fuera una solitaria excepción y no se hubieran producido escenas
parecidas en otros puntos del mapa de la ciudad como Pinar de Chamartín,
Aravaca o Chamberí.
Desde el PP y Vox han salido en defensa de estas concentraciones,
siempre que en ellas se respeten las medidas orientadas a contener el
virus. Según la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso,
el Gobierno «está aprovechando la mayor crisis que ha vivido la historia
reciente para imponer un mando único dictatorial» y avanzó nuevas y más
multitudinarias protestas a medida que se vayan levantando las
limitaciones a la movilidad: «Esperen a que la gente salga a la calle
porque lo de Núñez de Balboa les va a parecer una broma». Iván Espinosa
de los Monteros, número tres de Vox, animó ayer a que la gente exprese
en las calles su malestar con la gestión de la epidemia al tiempo que
afeó al Gobierno que envíe a la Policía Nacional con el fin de de
«amedrentar» a los manifestantes: «Si la gente quiere salir a su balcón
o a la calle tranquila y pacíficamente tiene su derecho».
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, reconoció, por su
parte, que «a pesar del desgaste» y de «las ganas de protestar contra el
Gobierno» que existen, en estas concentraciones han de cumplirse
escrupulosamente las medidas de seguridad, ya que, en su opinión, estas
concentraciones pueden llegar a ser «tan irresponsables como cualquier
otro incumplimiento del estado de alarma, ya sean fiestas, botellones,
no cumplir la distancia social o saltarse los horarios». De lo
contrario, «las Fuerzas de Seguridad tendrán que actuar».
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