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Los 18 errores históricos de «Mientras dure la guerra», la película sobre Franco y Unamuno de Amenábar
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Alboroto
2019-10-05 11:53:35 UTC
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https://www.abc.es/historia/abci-17-errores-historicos-mientras-dure-guerra-pelicula-sobre-franco-y-unamuno-amenabar-201909292254_noticia.html


Los 18 errores históricos de «Mientras dure la guerra», la película
sobre Franco y Unamuno de Amenábar
La ligereza con la que el director aborda el fin de la República y el
golpe militar a través de los ojos del intelectual vasco, más allá de
las licencias inherentes a cualquier ficción, vicia la historia e
incurre en mitos claros y recurrentes
El Gobierno baraja exhumar a Franco en la madrugada del 6 al 7 de octubre
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César Cervera
César Cervera
@C_Cervera_M
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Lucía M. Cabanelas
Lucía M. Cabanelas
@luciacab
Actualizado:
01/10/2019 17:59h
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Qué, por qué y a quién molesta «Mientras dure la guerra»
Amenábar: «He intentado ser entendido por izquierda y derecha»
«Millán-Astray supo explotar la figura de Unamuno para el bando nacional»
Después del poco ruido que generó con «Regresión» hace casi cinco años,
Alejandro Amenábar vuelve la vista a España, a su pasado reciente y a
esa herida que todavía sigue abierta para intentar reconciliar a «hunos»
y a «hotros», como diría Miguel de Unamuno. Aunque el director de «Mar
adentro» ya explicó en una entrevista para ABC que con «Mientras dure la
guerra» no pretende incomodar ni ofender y sí ser entendido por «la
izquierda y la derecha», la imprecisión con la que aborda esta
interpretación del ascenso al poder de Franco a través de los ojos del
intelectual vasco, más allá de las licencias inherentes a cualquier
ficción, vicia la historia e incurre en algunos errores claros y mitos
recurrentes.

«El tiro de la plaza»
La película arranca en la Plaza Mayor de Salamanca, perfectamente
reconstruida con los jardines que presidían el lugar a principios del
siglo XX, cuando un grupo de militares sublevados emerge en el plano
para anunciar el Estado de Guerra en la ciudad. «Mientras dure la
guerra» termina esta primera secuencia con la insinuación de que un
grupo de civiles armados iba a contraatacar en esa misma glorieta ante
la llegada de los militares. Referencia clara a lo que se ha llamado «El
tiro de la plaza», episodio en el que un grupo armado de militantes de
las Juventudes Marxistas Unificadas respondió a la proclamación de ese
19 de julio con disparos. La respuesta de los militares fue abrir fuego
indiscriminado matando a un sastre, a una chica de 14 años, un médico y
así hasta siete personas en el acto y cinco más a consecuencias de las
heridas.


La escena, sin embargo, incurre en algunos errores respecto a lo
recogido por las crónicas. Los soldados que llegaron desde Valladolid
estaban compuestos por un piquete de infantería y un escuadrón de
caballería, entre ellos el militar encargado de leer el parte, que iba a
caballo. La película prescinde de los corceles y de los cascos metálicos
que llevaban los militares y pone en palabras del oficial al mando, el
capitán Barros, el discurso: «Atención, hoy, 19 de junio de 1936, queda
declarado el Estado de Guerra en Salamanca, y con ayuda de Dios, en toda
España». Según los hispanistas Colette y Jean-Claude Rabaté, biógrafos
de Miguel de Unamuno, el soldado habría terminado no con Dios, sino con
un «¡Viva la República!», lo mismo que el general Queipo de Llano y
otros sublevados en sus discursos, pues en ese momento se hablaba de un
golpe para restablecer la legalidad, no para cambiar el sistema del
Estado o imponer una dictadura militar. Aparte del hecho de que el
oficial que lee la proclama afirma en el tráiler (luego corregido) «hoy,
19 de junio», en vez de 19 de julio.


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Concejal del bando nacional
Amenábar prefiere no incidir en su obra en el cargo político que
representó Miguel de Unamuno en la Salamanca tomada por los militares,
no más allá de su papel de rector. Aunque no se menciona nada en la
película, el pensador bilbaíno tomó parte en la constitución del primer
Ayuntamiento de Salamanca de los sublevados, en el que participó como
concejal. «Estoy aquí porque me considero un elemento de continuación,
pues el pueblo me eligió concejal el 12 de abril, y porque el pueblo me
trajo, aquí estoy, sirviendo a España por la República», justificó sobre
su presencia allí.

La rojigualda monárquica
La ficción muestra al bando nacional cambiando la bandera republicana
por la monárquica, la rojigualda, como algo improvisado cuando Franco
tenía su cuartel establecido en Cáceres. En realidad, la elección de
este símbolo no fue en la localidad extremeña ni fruto de la casualidad.
En un acto celebrado el 15 de agosto en Sevilla, con objeto de la
festividad de la Virgen de los Reyes, el gallego dio un breve discurso y
arrió la bandera republicana, sustituyéndola por la rojigualda (usada,
por cierto, en tiempos de la Primera República) al son de la Marcha Real.

De forma premeditada y unilateral, Franco recuperó los símbolos
monárquicos para adaptarlos a la nueva España y aglutinar a este grupo
ideológico en su causa. «Nos la querían quitar», dijo ese día el general
de generales besando la bandera. En todo caso, la imagen uniforme de la
bandera rojigualda en el bando nacional que aparece en «Mientras dure la
guerra» no se corresponde con la variedad de formas que tuvo durante los
cuatro años de guerra. A falta de una directriz clara, las tropas
franquistas utilizaron banderas monárquicas con escudos regionales e
incluso republicanos.

La viuda del alcalde
Uno de los momentos más crudos de la película muestra a la viuda de
Casto Prieto, por entonces alcalde de Salamanca y fusilado apenas diez
días más tarde a unos treinta kilómetros de la ciudad tras ser depuesto
y encarcelado, en casa de Unamuno, lugar al que acude para suplicarle
ayuda económica. Tras rechazar el préstamo, Ana Carrasco le reprochó al
intelectual haber financiado la causa militar con 5.000 pesetas. Según
los Rabaté, si bien es lógico que donara dinero a la causa militar ya
que los funcionarios estaban obligados a ello, es poco probable que
fuera esa enorme cantidad. El periódico que informó de esa inversión no
resulta una fuente fiable, ya que se desdijo posteriormente y publicó
tras la muerte de Unamuno que no fueron 5.000, sino 15.000 pesetas lo
que el escritor depositó en favor del golpe militar.

Por qué no tomó Madrid
Un extendido mito sostiene que Franco se desvió de su objetivo
principal, conquistar Madrid, para rescatar a los militares asediados en
el Alcázar de Toledo solo porque quería alargar la guerra con fines
particulares. La película así lo refleja, cuando uno de los consejeros
del generalísimo da por hecho que Madrid se podía conquistar ese mismo
verano de 1936. Ciertamente se trató de una decisión personal de Franco,
de espaldas a la Junta de Burgos, y con fines más propagandísticos que
militares, pues Toledo era una presa menor dentro del conflicto.

No obstante, en los últimos años muchos historiadores han tratado de
combatir la leyenda de que Franco no tomó Madrid porque no quiso. Como
explicó en una entrevista a EFE Jorge M. Reverte, autor de «De Madrid al
Ebro. Las grandes batallas de la Guerra Civil» (Galaxia Gutemberg), «que
Franco no tomara Madrid hasta el final de la guerra no se debió a una
decisión estratégica, como indica el hecho de que lo intentara sin éxito
en varias ocasiones». El ejército que llegó a Madrid era de unos 20.000
hombres, fuerza nimia para conquistar una ciudad armada de un millón de
habitantes.

La «baraka» de Franco
En un momento de la película, Millán Astray defiende la elección de
Franco como mando único del Ejército frente a la Junta de Burgos en base
a que tenía «baraka», una especie de bendición divina, acuñada por los
musulmanes que combatieron junto a él en el Rif cuando no era más que un
mero teniente de Regulares. Y ciertamente esquivó la muerte más de una
vez en una unidad con gran mortalidad. Como expone José Luis Hernández
Garvi en su libro «Ocultismo y misterios esotéricos del Franquismo», de
los cuarenta y dos jefes y oficiales que entre 1911 y 1912 se
incorporaron a los Regulares de Melilla, él fue uno de los siete que
seguían ilesos en 1915. Lo que no es verdad, a pesar de lo que sostiene
el fundador de la Legión en el filme, es que Franco esquivara las balas.
Así lo demuestra que un disparo en el bajo vientre estuviera a punto de
matarlo en 1916, provocando que perdiera un testículo cuando solo era un
capitán.

El orden que altera
Cuesta imaginar el motivo por el que Amenábar, tan preciso en algunos
detalles de «Mientras dure la guerra», se equivoca en la asignación de
escaños en la mesa que presidía el acto en el paraninfo de la
universidad. Así, el director coloca a Unamuno en el extremo izquierdo
de la mesa, a la siniestra del cardenal Plà y Deniel, cuando en realidad
el entonces rector de la Universidad de Salamanca estaba sentado entre
la mujer de Franco y el prelado, precisamente quien le separaba de
Millán-Astray, que, casualidad o no, en la película se sitúa en el
límite derecho de la mesa.

De izquierda a derecha, el Día de la Raza de 1936: Carmen Polo, Unamuno,
el cardenal Plà y Millán Astray
De izquierda a derecha, el Día de la Raza de 1936: Carmen Polo, Unamuno,
el cardenal Plà y Millán Astray
«Vencer no es convencer»
Amenábar no cae en el tópico y evita recrear la frase más célebre del
filósofo bilbaíno, «venceréis pero no convenceréis», que ha trascendido
debido al adornado escrito del profesor auxiliar Luis Portillo para la
revista Horizon, una versión del discurso repleta de libertades por
parte de alguien que, en realidad, ni siquiera se encontraba en
Salamanca el Día de la Raza de 1936. Dos décadas después, Hugh Thomas,
en su libro «The Spanish Civil War», recogió la versión llena de
inexactitudes de Portillo y la convirtió en el mito que es hoy en día.

Como se puede ver en la película, durante la soflama que el por entonces
rector de la Universidad de Salamanca da en el paraninfo frente a un
palco de sublevados y, entre otros, Millán Astray, nunca se pronunció el
mítico «venceréis pero no convenceréis», no al menos literalmente, sino
«vencer no es convencer», tal y como descubrió el historiador Severiano
Delgado Cruz, bibliotecario de la institución salmantina. Donde sí yerra
el director es en otras consignas del discurso, ya que el pensador vasco
no se refirió a la universidad como «el templo de la inteligencia», su
«templo», tal y como ha trascendido de la investigación del archivero.

Según el matrimonio Rabaté, el intelectual escribió 40 palabras en el
reverso de una carta que tenía en el bolsillo, entre ellas las
siguientes: «Vencer y convencer, odio y compasión, odio inteligencia,
lucha unidad catalanes y vascos, cóncavo y convexo, independencia, Rizal
y los nombres de los cuatro oradores». No todas estas ideas están
presentes en el discurso que improvisa Unamuno en la película.

Linchamiento en el paraninfo
La mención de Unamuno a José Rizal, héroe de la independencia de
Filipinas fusilado en Manila, ausente en la película, tensó más si cabe
la tirante atmósfera del paraninfo aquel 12 de octubre de 1936. Si bien
las consecuencias de las palabras del vasco son indiscutibles, no hay
más que ver la deposición del filósofo vasco del cargo de rector de la
Universidad de Salamanca que le había sido restituido tras la
sublevación militar o su posterior recluimiento en casa, lejos estuvo el
airado enfrentamiento dialéctico de ser un linchamiento a Unamuno, tal y
como retrata Amenábar, salvado solo por la oportuna y piadosa mano de
Carmen Polo.

El director inyecta intensidad dramática al momento álgido de «Mientras
dure la guerra», con imágenes de los soldados cargando sus pistolas,
dando así credibilidad al testimonio -uno de los tantos que existe del
momento- del catedrático de Medicina José Pérez-López Villamil, que
reconoció en la revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en
1985 el terror que sintió ante la presencia de «metralletas y las
pistolas amartilladas de los legionarios y falangistas». Lo cierto es
que el escritor pudo abandonar el recinto de manera tranquila y sin
temer por su vida.

Millán Astray estrecha la mano de Unamuno en Salamanca tras el
enfrentamiento dialéctico en el paraninfo
Millán Astray estrecha la mano de Unamuno en Salamanca tras el
enfrentamiento dialéctico en el paraninfo - BNE
Tal y como atestigua la fotografía sobre estas líneas, Unamuno y un
sonriente Millán Astray se estrecharon la mano a la salida del claustro,
lo que parece desmentir que hubiera una hostilidad más allá de la
dialéctica. Resulta muy cuestionable que ese día la vida de Unamuno
corriera peligro de muerte, si bien la gravedad de su proclama motivó
que el falangista Francisco Bravo advirtiese a Fernando, uno de los
hijos varones del escritor, para que convenciese a su padre de evitar en
el futuro actuaciones públicas como la protagonizada en el paraninfo.

Volvió andando
Como prueba de que el incidente en el paraninfo de Salamanca sí tuvo
consecuencias para Unamuno, se suele recordar que esa misma tarde fue
expulsado del casino e incluso recibido entre improperios de «¡rojo!» y
«¡traidor!». La película de Amenábar no recoge ese suceso, pero da a
entender que el filósofo vasco se recluyó en su casa directamente desde
el coche de Carmen Polo. Allí, según la versión del director, le reciben
sus familiares como si fuera un héroe victorioso. La realidad es que ni
siquiera abandonó el paraninfo en coche junto a la esposa de Franco sino
caminando, tal y como defienden los expertos en el filósofo Colette y
Jean-Claude Rabaté. Lo cual es muy probable si se tiene en cuenta la
escasa distancia que hay entre el Paraninfo y lo que entonces era la
casa del rector, en la calle Bordadores.

España Una, Grande, Libre
A pesar de la precisión casi milimétrica con la que están trazados
algunos momentos clave en «Mientras dure la guerra», como el hecho de
que Unamuno emplee la carta de la viuda del pastor protestante Atilano
Coco para escribir el borrador de su discurso, no es cierto que Millán
Astray bramase «España Una, Grande, Libre» tras la arenga del escritor,
ya que esta frase nacionalista todavía no se pronunciaba en actos
estatales, tan solo en los celebrados por la Falange. Lo que sí voceó el
Glorioso Mutilado fueron proclamas patrióticas.

La admiración de Carmen Polo
Sobre la mano que le tendió Carmen Polo a Unamuno en el paraninfo de la
Universidad de Salamanca se han escrito ríos de tinta, si bien para
justificar tal concesión por parte de la esposa de Franco Alejandro
Amenábar enfatiza la admiración de la ovetense por «los poemas
cristianos» del escritor. Pero no hay constancia alguna de que ni Polo
ni Franco tuvieran inquietudes existencialistas o interés por otros
aspectos de la obra del intelectual vasco. Unamuno fue un poeta tardío,
además de un cristiano heterodoxo (el obispo de Canarias le llegó a
calificar de «hereje máximo»), por eso resulta complicado que una
persona tan estrictamente católica como Carmen Polo demostrase tal
interés por esta faceta del también filósofo. No fue hasta la década de
los sesenta cuando se redescubrió su poesía como un valor católico.

Sin rastro de los hijos varones
En la cinta, el entorno familiar de Unamuno está representado por sus
hijas Felisa, María y un nieto suyo, que viven en Salamanca con el
filósofo. Sin embargo, el vasco tenía cuatro hijos más vivos en el
momento que se produjo el incidente en el Paraninfo. Según recoge Jon
Juaristi en su biografía «Miguel de Unamuno» (Colección Españoles
Eminentes), uno de ellos, Rafael, estaba ese día en Salamanca y fue
quien se presentó en el casino, para llevar a su padre a casa y
protegerlo de los insultos que estaba recibiendo. «Al advertir Miguel
que pretendía sacarle por una de las puertas laterales, que daba a la
calle del Concejo, se desasió con brusquedad y salió, seguido de su
avergonzado vástago, por la puerta principal». Amenábar prescinde de
cualquier referencia a estos hijos varones en «Mientras dure la guerra».

La salud de Unamuno
Unamuno no sobrevivió ni siquiera al primer año de la Guerra Civil.
Cuando el escritor griego Nikos Kazantzakis lo visitó, lo encontró
«súbitamente envejecido, literalmente hundido y ya encorvado por la
edad». Entre el mito y la realidad, se afirmó que murió, a los 72 años,
de una congestión cerebral, producida por las emanaciones de anhídrido
carbónico del brasero doméstico. Se le enterró al día siguiente, 1 de
enero de 1937, en el cementerio municipal, entre gritos falangistas, en
una tumba con el siguiente epitafio: «Méteme, Padre Eterno, en tu pecho,
misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar».

Amenábar, no obstante, ubica el repentino bajón de salud del filósofo,
hasta entonces enérgico e incansable, en la detención de dos de sus
amigos de café, cuando la deriva de brutalidad que tomó la Guerra Civil
destrozó el cuerpo y el espíritu de Unamuno. Recurso literario pero
complicado de documentar. La salud de este septuagenario no era buena
desde, al menos, 1931, cuando consta que fue objeto de una operación
quirúrgica. El ánimo depresivo fue una constante tanto en su vida como
en su obra. La muerte de su Salomé, «la hija de su alma», a causa de una
tuberculosis ósea, le sumió en 1933 en una profunda depresión de la que
le costó recuperarse.

En definitiva, sus problemas anímicos y físicos eran anteriores y se
correspondían a su edad. Días después del golpe, cuando aún no tenía
motivos para estar desengañado con los sublevados, una fotografía en el
Ayuntamiento de Salamanca ya le representa enflaquecido, desgarbado y un
poco desaliñado.

El papel de Millán Astray
Igual que el reverso de una moneda, en el filme Millán Astray ejerce de
contrapeso de Unamuno, el militar contra el intelectual. De ahí el
exagerado peso que la ficción le atribuye al fundador de la Legión
dentro del gabinete personal de Francisco Franco. Si bien el Glorioso
Mutilado no participó en el Golpe de Estado y, de hecho, estaba fuera de
España en su gestación, Franco reservó a su antiguo superior y camarada
un puesto en su camarilla privada. Millán Astray ejerció como jefe de
Prensa y Propaganda, pero no tuvo mando efectivo sobre ninguna unidad
militar ni participó en combates de la Guerra Civil.

Junto a Orgaz, Kindelán, Yagüe y Nicolás Franco formó una especie de
equipo de campaña político dedicado a conseguir que Francisco Franco se
convirtiera primero en jefe de la Junta de Burgos y luego en jefe del
Estado. Así lo consiguieron tras sendas reuniones en Salamanca,
celebradas en el aeródromo de San Fernando, el 21 y el 28 de septiembre
de 1936, en las que asistieron los generales Cabanellas, Queipo de
Llano, Orgaz, Gil Yuste, Mola, Saliquet, Dávila, Kindelán y el propio
Franco, junto a los coroneles Montaner y Moreno Calderón. Lo refleja
bien la película, salvo por el excesivo protagonismo en algunos momentos
de Millán Astray, que aparece dando un discurso frente a la junta
militar para animarles a votar a Franco.

Dado el tipo de reunión que era, es probable que aquella arenga nunca
tuvo lugar, y de hecho Kindelán afirma que el legionario ni siquiera
estuvo presente en la segunda de las asambleas. No existe ningún acta
del encuentro, por lo que es difícil saber exactamente cómo
transcurrieron las deliberaciones.

El intelectual de la muerte
También supone una interpretación cuestionable la imagen de zote y
hombre zafio con el que el actor Eduard Fernández encanga al fundador de
la Legión. A pesar de sus gestos exagerados y su carácter explosivo,
Millán Astray fue un militar bien instruido y con sorprendentes
inquietudes intelectuales. No solo fue quien incorporó en los
reglamentos del Tercio lo mejor de la literatura técnica castrense de
los años veinte, recogida de ambientes franceses en los que se
desenvolvía con soltura, sino que, como admirador de la cultura
oriental, tradujo del inglés textos clave del Bushido, el código moral
de la cultura samurái por entonces desconocida en Europa, lo que
contrasta con el empeño de Amenábar en hacerle enemigo de «los
intelectuales». Impartió cursos de historia militar, geografía y táctica
en la Academia de Infantería con gran solvencia.

El catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla Javier
Hernández Pacheco explica en un artículo, publicado el pasado sábado en
el «Diario de Sevilla», que el general coruñés se alineó con ideas
complejas para su tiempo: «Tras la Primera Guerra Mundial se extiende
entre la juventud europea lo que podríamos llamar una tanato-filia que
cuaja, muy especialmente en Heidegger, en una filosofía de la existencia
según la cual también la aceptación de la muerte es el paso
imprescindible hacia la autenticidad de una vida que sólo en ese último
límite se "decide" a ser sí misma. Este desgarrado decisionismo
existencial implica el rechazo de una intelectualidad cosmopolita e
ilustrada que por aquellos años veinte empieza a ser percibida como
decadente. Hablamos del capitán Scott, de los conquistadores de las
paredes alpinas, de St. Exupery; del nietzscheano vive pericolosamente!
De este modo, ¡viva la muerte, muera la inteligencia! es un lema que
podría igualmente abrir las páginas de Ser y tiempo. Y Millán Astray
(1920) lo formuló antes que Heidegger (1927)».

Los falangistas analfabetos
Los falangistas que aparecen en la película son reflejados como
analfabetos, brutos y en las antípodas del pensamiento de Unamuno. Como
en toda caricatura de un grupo tan variado sociológicamente, Amenábar
cae en la simplificación y no tiene en cuenta que eran muchos los
seguidores que el bilbaíno tenía en la Falange. Precisamente la tarde
del 31 de diciembre de 1936, cuando murió en su domicilio salmantino, se
encontraba de visita el falangista Bartolomé Aragón, antiguo alumno y
profesor auxiliar de la Facultad de Derecho. Otro falangista e
intelectual, Vìctor de la Serna, fue quien organizó su entierro, donde
estos militantes gritaron: «Miguel de Unamuno y Jugo, ¡Presente!».

En tiempos de la República, la Falange dio un mitin en Salamanca hacia
el año 1933 al que fue invitado el filósofo. Dos años después, el
pensador vasco recibió en su casa de Salamanca al fundador de Falange
Española, José Antonio Primo de Rivera, en términos amistosos. Unamuno
fue, en general, alguien muy admirado por los falangistas, que le vieron
como una especie de padre intelectual.

Al respecto de presentarlos como gente indocumentada basta citar a Pedro
Laín, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo o Sánchez Mazas como destacados
intelectuales reconocidos hoy en día más allá de su orientación política.

El bigote de Franco
Una cuestión menor y más bien anecdótica tiene como protagonista el
célebre bigote de Franco, que en la película luce en todo momento Santi
Prego, incluso cuando probablemente estaba en fase de reconstrucción.
Según varias personas cercanas al dictador, Franco se afeitó su bigote y
se vistió de civil por miedo a ser interceptado cuando hizo escala en
Casablanca camino a Tetuán. Queipo de Llano opinaría más tarde que lo
único que había sacrificado Franco por España era su bigote.
TROMPETÓN
2019-10-05 14:36:45 UTC
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Hola Ángela Roca Valladares.
Lástima que ya no esté por aquí aquel maestro y profesor de historia tan
amigo tuyo llamado Fernando. Nos habría aclarado como la Clara Luna el
mejor que nadie si es el Amenábar quien falsea la historia en su nueva
película o si quien miente es el ABC. Por cierto:¿Que fue de ese profe
de historia septuagenario llamado Fernando Ángela Roca Valladares? ¿la
palmó ya o que? queremos saber.
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sobre Franco y Unamuno de Amenábar
La ligereza con la que el director aborda el fin de la República y el
golpe militar a través de los ojos del intelectual vasco, más allá de
las licencias inherentes a cualquier ficción, vicia la historia e
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01/10/2019 17:59h
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Qué, por qué y a quién molesta «Mientras dure la guerra»
Amenábar: «He intentado ser entendido por izquierda y derecha»
«Millán-Astray supo explotar la figura de Unamuno para el bando nacional»
Después del poco ruido que generó con «Regresión» hace casi cinco años,
Alejandro Amenábar vuelve la vista a España, a su pasado reciente y a
esa herida que todavía sigue abierta para intentar reconciliar a «hunos»
y a «hotros», como diría Miguel de Unamuno. Aunque el director de «Mar
adentro» ya explicó en una entrevista para ABC que con «Mientras dure la
guerra» no pretende incomodar ni ofender y sí ser entendido por «la
izquierda y la derecha», la imprecisión con la que aborda esta
interpretación del ascenso al poder de Franco a través de los ojos del
intelectual vasco, más allá de las licencias inherentes a cualquier
ficción, vicia la historia e incurre en algunos errores claros y mitos
recurrentes.
«El tiro de la plaza»
La película arranca en la Plaza Mayor de Salamanca, perfectamente
reconstruida con los jardines que presidían el lugar a principios del
siglo XX, cuando un grupo de militares sublevados emerge en el plano
para anunciar el Estado de Guerra en la ciudad. «Mientras dure la
guerra» termina esta primera secuencia con la insinuación de que un
grupo de civiles armados iba a contraatacar en esa misma glorieta ante
la llegada de los militares. Referencia clara a lo que se ha llamado «El
tiro de la plaza», episodio en el que un grupo armado de militantes de
las Juventudes Marxistas Unificadas respondió a la proclamación de ese
19 de julio con disparos. La respuesta de los militares fue abrir fuego
indiscriminado matando a un sastre, a una chica de 14 años, un médico y
así hasta siete personas en el acto y cinco más a consecuencias de las
heridas.
La escena, sin embargo, incurre en algunos errores respecto a lo
recogido por las crónicas. Los soldados que llegaron desde Valladolid
estaban compuestos por un piquete de infantería y un escuadrón de
caballería, entre ellos el militar encargado de leer el parte, que iba a
caballo. La película prescinde de los corceles y de los cascos metálicos
que llevaban los militares y pone en palabras del oficial al mando, el
capitán Barros, el discurso: «Atención, hoy, 19 de junio de 1936, queda
declarado el Estado de Guerra en Salamanca, y con ayuda de Dios, en toda
España». Según los hispanistas Colette y Jean-Claude Rabaté, biógrafos
de Miguel de Unamuno, el soldado habría terminado no con Dios, sino con
un «¡Viva la República!», lo mismo que el general Queipo de Llano y
otros sublevados en sus discursos, pues en ese momento se hablaba de un
golpe para restablecer la legalidad, no para cambiar el sistema del
Estado o imponer una dictadura militar. Aparte del hecho de que el
oficial que lee la proclama afirma en el tráiler (luego corregido) «hoy,
19 de junio», en vez de 19 de julio.
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Concejal del bando nacional
Amenábar prefiere no incidir en su obra en el cargo político que
representó Miguel de Unamuno en la Salamanca tomada por los militares,
no más allá de su papel de rector. Aunque no se menciona nada en la
película, el pensador bilbaíno tomó parte en la constitución del primer
Ayuntamiento de Salamanca de los sublevados, en el que participó como
concejal. «Estoy aquí porque me considero un elemento de continuación,
pues el pueblo me eligió concejal el 12 de abril, y porque el pueblo me
trajo, aquí estoy, sirviendo a España por la República», justificó sobre
su presencia allí.
La rojigualda monárquica
La ficción muestra al bando nacional cambiando la bandera republicana
por la monárquica, la rojigualda, como algo improvisado cuando Franco
tenía su cuartel establecido en Cáceres. En realidad, la elección de
este símbolo no fue en la localidad extremeña ni fruto de la casualidad.
En un acto celebrado el 15 de agosto en Sevilla, con objeto de la
festividad de la Virgen de los Reyes, el gallego dio un breve discurso y
arrió la bandera republicana, sustituyéndola por la rojigualda (usada,
por cierto, en tiempos de la Primera República) al son de la Marcha Real.
De forma premeditada y unilateral, Franco recuperó los símbolos
monárquicos para adaptarlos a la nueva España y aglutinar a este grupo
ideológico en su causa. «Nos la querían quitar», dijo ese día el general
de generales besando la bandera. En todo caso, la imagen uniforme de la
bandera rojigualda en el bando nacional que aparece en «Mientras dure la
guerra» no se corresponde con la variedad de formas que tuvo durante los
cuatro años de guerra. A falta de una directriz clara, las tropas
franquistas utilizaron banderas monárquicas con escudos regionales e
incluso republicanos.
La viuda del alcalde
Uno de los momentos más crudos de la película muestra a la viuda de
Casto Prieto, por entonces alcalde de Salamanca y fusilado apenas diez
días más tarde a unos treinta kilómetros de la ciudad tras ser depuesto
y encarcelado, en casa de Unamuno, lugar al que acude para suplicarle
ayuda económica. Tras rechazar el préstamo, Ana Carrasco le reprochó al
intelectual haber financiado la causa militar con 5.000 pesetas. Según
los Rabaté, si bien es lógico que donara dinero a la causa militar ya
que los funcionarios estaban obligados a ello, es poco probable que
fuera esa enorme cantidad. El periódico que informó de esa inversión no
resulta una fuente fiable, ya que se desdijo posteriormente y publicó
tras la muerte de Unamuno que no fueron 5.000, sino 15.000 pesetas lo
que el escritor depositó en favor del golpe militar.
Por qué no tomó Madrid
Un extendido mito sostiene que Franco se desvió de su objetivo
principal, conquistar Madrid, para rescatar a los militares asediados en
el Alcázar de Toledo solo porque quería alargar la guerra con fines
particulares. La película así lo refleja, cuando uno de los consejeros
del generalísimo da por hecho que Madrid se podía conquistar ese mismo
verano de 1936. Ciertamente se trató de una decisión personal de Franco,
de espaldas a la Junta de Burgos, y con fines más propagandísticos que
militares, pues Toledo era una presa menor dentro del conflicto.
No obstante, en los últimos años muchos historiadores han tratado de
combatir la leyenda de que Franco no tomó Madrid porque no quiso. Como
explicó en una entrevista a EFE Jorge M. Reverte, autor de «De Madrid al
Ebro. Las grandes batallas de la Guerra Civil» (Galaxia Gutemberg), «que
Franco no tomara Madrid hasta el final de la guerra no se debió a una
decisión estratégica, como indica el hecho de que lo intentara sin éxito
en varias ocasiones». El ejército que llegó a Madrid era de unos 20.000
hombres, fuerza nimia para conquistar una ciudad armada de un millón de
habitantes.
La «baraka» de Franco
En un momento de la película, Millán Astray defiende la elección de
Franco como mando único del Ejército frente a la Junta de Burgos en base
a que tenía «baraka», una especie de bendición divina, acuñada por los
musulmanes que combatieron junto a él en el Rif cuando no era más que un
mero teniente de Regulares. Y ciertamente esquivó la muerte más de una
vez en una unidad con gran mortalidad. Como expone José Luis Hernández
Garvi en su libro «Ocultismo y misterios esotéricos del Franquismo», de
los cuarenta y dos jefes y oficiales que entre 1911 y 1912 se
incorporaron a los Regulares de Melilla, él fue uno de los siete que
seguían ilesos en 1915. Lo que no es verdad, a pesar de lo que sostiene
el fundador de la Legión en el filme, es que Franco esquivara las balas.
Así lo demuestra que un disparo en el bajo vientre estuviera a punto de
matarlo en 1916, provocando que perdiera un testículo cuando solo era un
capitán.
El orden que altera
Cuesta imaginar el motivo por el que Amenábar, tan preciso en algunos
detalles de «Mientras dure la guerra», se equivoca en la asignación de
escaños en la mesa que presidía el acto en el paraninfo de la
universidad. Así, el director coloca a Unamuno en el extremo izquierdo
de la mesa, a la siniestra del cardenal Plà y Deniel, cuando en realidad
el entonces rector de la Universidad de Salamanca estaba sentado entre
la mujer de Franco y el prelado, precisamente quien le separaba de
Millán-Astray, que, casualidad o no, en la película se sitúa en el
límite derecho de la mesa.
De izquierda a derecha, el Día de la Raza de 1936: Carmen Polo, Unamuno,
el cardenal Plà y Millán Astray
De izquierda a derecha, el Día de la Raza de 1936: Carmen Polo, Unamuno,
el cardenal Plà y Millán Astray
«Vencer no es convencer»
Amenábar no cae en el tópico y evita recrear la frase más célebre del
filósofo bilbaíno, «venceréis pero no convenceréis», que ha trascendido
debido al adornado escrito del profesor auxiliar Luis Portillo para la
revista Horizon, una versión del discurso repleta de libertades por
parte de alguien que, en realidad, ni siquiera se encontraba en
Salamanca el Día de la Raza de 1936. Dos décadas después, Hugh Thomas,
en su libro «The Spanish Civil War», recogió la versión llena de
inexactitudes de Portillo y la convirtió en el mito que es hoy en día.
Como se puede ver en la película, durante la soflama que el por entonces
rector de la Universidad de Salamanca da en el paraninfo frente a un
palco de sublevados y, entre otros, Millán Astray, nunca se pronunció el
mítico «venceréis pero no convenceréis», no al menos literalmente, sino
«vencer no es convencer», tal y como descubrió el historiador Severiano
Delgado Cruz, bibliotecario de la institución salmantina. Donde sí yerra
el director es en otras consignas del discurso, ya que el pensador vasco
no se refirió a la universidad como «el templo de la inteligencia», su
«templo», tal y como ha trascendido de la investigación del archivero.
Según el matrimonio Rabaté, el intelectual escribió 40 palabras en el
reverso de una carta que tenía en el bolsillo, entre ellas las
siguientes: «Vencer y convencer, odio y compasión, odio inteligencia,
lucha unidad catalanes y vascos, cóncavo y convexo, independencia, Rizal
y los nombres de los cuatro oradores». No todas estas ideas están
presentes en el discurso que improvisa Unamuno en la película.
Linchamiento en el paraninfo
La mención de Unamuno a José Rizal, héroe de la independencia de
Filipinas fusilado en Manila, ausente en la película, tensó más si cabe
la tirante atmósfera del paraninfo aquel 12 de octubre de 1936. Si bien
las consecuencias de las palabras del vasco son indiscutibles, no hay
más que ver la deposición del filósofo vasco del cargo de rector de la
Universidad de Salamanca que le había sido restituido tras la
sublevación militar o su posterior recluimiento en casa, lejos estuvo el
airado enfrentamiento dialéctico de ser un linchamiento a Unamuno, tal y
como retrata Amenábar, salvado solo por la oportuna y piadosa mano de
Carmen Polo.
El director inyecta intensidad dramática al momento álgido de «Mientras
dure la guerra», con imágenes de los soldados cargando sus pistolas,
dando así credibilidad al testimonio -uno de los tantos que existe del
momento- del catedrático de Medicina José Pérez-López Villamil, que
reconoció en la revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en
1985 el terror que sintió ante la presencia de «metralletas y las
pistolas amartilladas de los legionarios y falangistas». Lo cierto es
que el escritor pudo abandonar el recinto de manera tranquila y sin
temer por su vida.
Millán Astray estrecha la mano de Unamuno en Salamanca tras el
enfrentamiento dialéctico en el paraninfo
Millán Astray estrecha la mano de Unamuno en Salamanca tras el
enfrentamiento dialéctico en el paraninfo - BNE
Tal y como atestigua la fotografía sobre estas líneas, Unamuno y un
sonriente Millán Astray se estrecharon la mano a la salida del claustro,
lo que parece desmentir que hubiera una hostilidad más allá de la
dialéctica. Resulta muy cuestionable que ese día la vida de Unamuno
corriera peligro de muerte, si bien la gravedad de su proclama motivó
que el falangista Francisco Bravo advirtiese a Fernando, uno de los
hijos varones del escritor, para que convenciese a su padre de evitar en
el futuro actuaciones públicas como la protagonizada en el paraninfo.
Volvió andando
Como prueba de que el incidente en el paraninfo de Salamanca sí tuvo
consecuencias para Unamuno, se suele recordar que esa misma tarde fue
expulsado del casino e incluso recibido entre improperios de «¡rojo!» y
«¡traidor!». La película de Amenábar no recoge ese suceso, pero da a
entender que el filósofo vasco se recluyó en su casa directamente desde
el coche de Carmen Polo. Allí, según la versión del director, le reciben
sus familiares como si fuera un héroe victorioso. La realidad es que ni
siquiera abandonó el paraninfo en coche junto a la esposa de Franco sino
caminando, tal y como defienden los expertos en el filósofo Colette y
Jean-Claude Rabaté. Lo cual es muy probable si se tiene en cuenta la
escasa distancia que hay entre el Paraninfo y lo que entonces era la
casa del rector, en la calle Bordadores.
España Una, Grande, Libre
A pesar de la precisión casi milimétrica con la que están trazados
algunos momentos clave en «Mientras dure la guerra», como el hecho de
que Unamuno emplee la carta de la viuda del pastor protestante Atilano
Coco para escribir el borrador de su discurso, no es cierto que Millán
Astray bramase «España Una, Grande, Libre» tras la arenga del escritor,
ya que esta frase nacionalista todavía no se pronunciaba en actos
estatales, tan solo en los celebrados por la Falange. Lo que sí voceó el
Glorioso Mutilado fueron proclamas patrióticas.
La admiración de Carmen Polo
Sobre la mano que le tendió Carmen Polo a Unamuno en el paraninfo de la
Universidad de Salamanca se han escrito ríos de tinta, si bien para
justificar tal concesión por parte de la esposa de Franco Alejandro
Amenábar enfatiza la admiración de la ovetense por «los poemas
cristianos» del escritor. Pero no hay constancia alguna de que ni Polo
ni Franco tuvieran inquietudes existencialistas o interés por otros
aspectos de la obra del intelectual vasco. Unamuno fue un poeta tardío,
además de un cristiano heterodoxo (el obispo de Canarias le llegó a
calificar de «hereje máximo»), por eso resulta complicado que una
persona tan estrictamente católica como Carmen Polo demostrase tal
interés por esta faceta del también filósofo. No fue hasta la década de
los sesenta cuando se redescubrió su poesía como un valor católico.
Sin rastro de los hijos varones
En la cinta, el entorno familiar de Unamuno está representado por sus
hijas Felisa, María y un nieto suyo, que viven en Salamanca con el
filósofo. Sin embargo, el vasco tenía cuatro hijos más vivos en el
momento que se produjo el incidente en el Paraninfo. Según recoge Jon
Juaristi en su biografía «Miguel de Unamuno» (Colección Españoles
Eminentes), uno de ellos, Rafael, estaba ese día en Salamanca y fue
quien se presentó en el casino, para llevar a su padre a casa y
protegerlo de los insultos que estaba recibiendo. «Al advertir Miguel
que pretendía sacarle por una de las puertas laterales, que daba a la
calle del Concejo, se desasió con brusquedad y salió, seguido de su
avergonzado vástago, por la puerta principal». Amenábar prescinde de
cualquier referencia a estos hijos varones en «Mientras dure la guerra».
La salud de Unamuno
Unamuno no sobrevivió ni siquiera al primer año de la Guerra Civil.
Cuando el escritor griego Nikos Kazantzakis lo visitó, lo encontró
«súbitamente envejecido, literalmente hundido y ya encorvado por la
edad». Entre el mito y la realidad, se afirmó que murió, a los 72 años,
de una congestión cerebral, producida por las emanaciones de anhídrido
carbónico del brasero doméstico. Se le enterró al día siguiente, 1 de
enero de 1937, en el cementerio municipal, entre gritos falangistas, en
una tumba con el siguiente epitafio: «Méteme, Padre Eterno, en tu pecho,
misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar».
Amenábar, no obstante, ubica el repentino bajón de salud del filósofo,
hasta entonces enérgico e incansable, en la detención de dos de sus
amigos de café, cuando la deriva de brutalidad que tomó la Guerra Civil
destrozó el cuerpo y el espíritu de Unamuno. Recurso literario pero
complicado de documentar. La salud de este septuagenario no era buena
desde, al menos, 1931, cuando consta que fue objeto de una operación
quirúrgica. El ánimo depresivo fue una constante tanto en su vida como
en su obra. La muerte de su Salomé, «la hija de su alma», a causa de una
tuberculosis ósea, le sumió en 1933 en una profunda depresión de la que
le costó recuperarse.
En definitiva, sus problemas anímicos y físicos eran anteriores y se
correspondían a su edad. Días después del golpe, cuando aún no tenía
motivos para estar desengañado con los sublevados, una fotografía en el
Ayuntamiento de Salamanca ya le representa enflaquecido, desgarbado y un
poco desaliñado.
El papel de Millán Astray
Igual que el reverso de una moneda, en el filme Millán Astray ejerce de
contrapeso de Unamuno, el militar contra el intelectual. De ahí el
exagerado peso que la ficción le atribuye al fundador de la Legión
dentro del gabinete personal de Francisco Franco. Si bien el Glorioso
Mutilado no participó en el Golpe de Estado y, de hecho, estaba fuera de
España en su gestación, Franco reservó a su antiguo superior y camarada
un puesto en su camarilla privada. Millán Astray ejerció como jefe de
Prensa y Propaganda, pero no tuvo mando efectivo sobre ninguna unidad
militar ni participó en combates de la Guerra Civil.
Junto a Orgaz, Kindelán, Yagüe y Nicolás Franco formó una especie de
equipo de campaña político dedicado a conseguir que Francisco Franco se
convirtiera primero en jefe de la Junta de Burgos y luego en jefe del
Estado. Así lo consiguieron tras sendas reuniones en Salamanca,
celebradas en el aeródromo de San Fernando, el 21 y el 28 de septiembre
de 1936, en las que asistieron los generales Cabanellas, Queipo de
Llano, Orgaz, Gil Yuste, Mola, Saliquet, Dávila, Kindelán y el propio
Franco, junto a los coroneles Montaner y Moreno Calderón. Lo refleja
bien la película, salvo por el excesivo protagonismo en algunos momentos
de Millán Astray, que aparece dando un discurso frente a la junta
militar para animarles a votar a Franco.
Dado el tipo de reunión que era, es probable que aquella arenga nunca
tuvo lugar, y de hecho Kindelán afirma que el legionario ni siquiera
estuvo presente en la segunda de las asambleas. No existe ningún acta
del encuentro, por lo que es difícil saber exactamente cómo
transcurrieron las deliberaciones.
El intelectual de la muerte
También supone una interpretación cuestionable la imagen de zote y
hombre zafio con el que el actor Eduard Fernández encanga al fundador de
la Legión. A pesar de sus gestos exagerados y su carácter explosivo,
Millán Astray fue un militar bien instruido y con sorprendentes
inquietudes intelectuales. No solo fue quien incorporó en los
reglamentos del Tercio lo mejor de la literatura técnica castrense de
los años veinte, recogida de ambientes franceses en los que se
desenvolvía con soltura, sino que, como admirador de la cultura
oriental, tradujo del inglés textos clave del Bushido, el código moral
de la cultura samurái por entonces desconocida en Europa, lo que
contrasta con el empeño de Amenábar en hacerle enemigo de «los
intelectuales». Impartió cursos de historia militar, geografía y táctica
en la Academia de Infantería con gran solvencia.
El catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla Javier
Hernández Pacheco explica en un artículo, publicado el pasado sábado en
el «Diario de Sevilla», que el general coruñés se alineó con ideas
complejas para su tiempo: «Tras la Primera Guerra Mundial se extiende
entre la juventud europea lo que podríamos llamar una tanato-filia que
cuaja, muy especialmente en Heidegger, en una filosofía de la existencia
según la cual también la aceptación de la muerte es el paso
imprescindible hacia la autenticidad de una vida que sólo en ese último
límite se "decide" a ser sí misma. Este desgarrado decisionismo
existencial implica el rechazo de una intelectualidad cosmopolita e
ilustrada que por aquellos años veinte empieza a ser percibida como
decadente. Hablamos del capitán Scott, de los conquistadores de las
paredes alpinas, de St. Exupery; del nietzscheano vive pericolosamente!
De este modo, ¡viva la muerte, muera la inteligencia! es un lema que
podría igualmente abrir las páginas de Ser y tiempo. Y Millán Astray
(1920) lo formuló antes que Heidegger (1927)».
Los falangistas analfabetos
Los falangistas que aparecen en la película son reflejados como
analfabetos, brutos y en las antípodas del pensamiento de Unamuno. Como
en toda caricatura de un grupo tan variado sociológicamente, Amenábar
cae en la simplificación y no tiene en cuenta que eran muchos los
seguidores que el bilbaíno tenía en la Falange. Precisamente la tarde
del 31 de diciembre de 1936, cuando murió en su domicilio salmantino, se
encontraba de visita el falangista Bartolomé Aragón, antiguo alumno y
profesor auxiliar de la Facultad de Derecho. Otro falangista e
intelectual, Vìctor de la Serna, fue quien organizó su entierro, donde
estos militantes gritaron: «Miguel de Unamuno y Jugo, ¡Presente!».
En tiempos de la República, la Falange dio un mitin en Salamanca hacia
el año 1933 al que fue invitado el filósofo. Dos años después, el
pensador vasco recibió en su casa de Salamanca al fundador de Falange
Española, José Antonio Primo de Rivera, en términos amistosos. Unamuno
fue, en general, alguien muy admirado por los falangistas, que le vieron
como una especie de padre intelectual.
Al respecto de presentarlos como gente indocumentada basta citar a Pedro
Laín, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo o Sánchez Mazas como destacados
intelectuales reconocidos hoy en día más allá de su orientación política.
El bigote de Franco
Una cuestión menor y más bien anecdótica tiene como protagonista el
célebre bigote de Franco, que en la película luce en todo momento Santi
Prego, incluso cuando probablemente estaba en fase de reconstrucción.
Según varias personas cercanas al dictador, Franco se afeitó su bigote y
se vistió de civil por miedo a ser interceptado cuando hizo escala en
Casablanca camino a Tetuán. Queipo de Llano opinaría más tarde que lo
único que había sacrificado Franco por España era su bigote.
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